¿Quién es Superman? ¿Qué representa? ¿Cómo es que un personaje con mallas y los calzoncillos por fuera ha cautivado...
Una idea que vuela: Superman como horizonte

Desde Kame Kame queríamos hacer un tributo al personaje aprovechando el estreno de la película de James Gunn sobre Superman. Siempre es un buen día para hablar del hombre de acero, esta es simplemente la excusa. Queremos indagar y ver el símbolo que representa la figura que inició todo. El mito fundacional de los cómics de superhéroes. ¿Quién es Superman? ¿Qué representa? ¿Cómo es que un personaje con mallas y los calzoncillos por fuera ha cautivado generación tras generación? Estas serán las preguntas a las que intentaremos dar respuesta a través de dos de los cómics más aclamados del personaje (All-Star y Kingdom Come). Más que una reseña, más que una crítica, lo que queremos es brindar a nuestros lectores una imagen del personaje como puerta de entrada para aquellos que no se han acercado a él y, a la vez, un recordatorio del símbolo que es Superman para aquellos más veteranos. Intentaremos articular una panorámica general de la figura de Superman.
En medio del caos, la corrupción, el cinismo, la apatía y la desesperanza que caracterizan el mundo de hoy en día —en el cómic de superhéroes lo podemos ver reflejado en el triunfo de series como The Boys o Invencible—, frente a todo esto, la figura de Superman se erige como una rara avis, una anomalía que se mantiene intacta ya que este es un personaje puro, incorruptible y con una moral que no se doblega. Lo que podría parecer naif o incluso ingenuo o pasado de moda es, en realidad, su rasgo más radical. Aquello que hace que Superman sea quien es. Superman es lo que permanece. Lo que no cede. Un icono, un símbolo que, como decía Umberto Eco, en su repetición y estatismo aparente, encarna valores eternos de humanidad, compasión y esperanza. Siendo para mí este el quid de la cuestión del personaje.
Una de las obras que mejor capta esta esencia aspiracional del personaje es All-Star Superman (2005–2008), de Grant Morrison y Frank Quitely. Lejos del realismo duro o el nihilismo que impera en otras propuestas contemporáneas, este cómic nos presenta a un Superman en paz consigo mismo, completo, sabedor de que su muerte se acerca y, por tanto, decidido a vivir plenamente su legado. Ya no actúa por trauma, ni por obligación, sino por convicción profunda. Vemos cómo el bien no es un deber, sino una forma de ser. Morrison lo convierte en una figura casi mesiánica, pero sin dramatismo. Este no muere en la cruz para redimirnos de nuestros pecados, sino para recordarnos que podemos ser mejores. Sin necesidad de sarcasmo ni violencia, su presencia ilumina el mundo. En este sentido, All-Star es casi un milagro narrativo dentro del cómic de superhéroes. Una obra tierna y filosófica que enseña sin aleccionar. Un cómic en las antípodas de The Boys, y precisamente por ello, radical.
Ahora bien, cuando pasamos a Kingdom Come (1996), de Alex Ross y Mark Waid, el tono cambia. El mundo que nos proponen es mucho más oscuro, decadente y desorientado. Superman ha desaparecido, y el vacío que deja lo ocupa una nueva generación de héroes agresivos, sin valores ni responsabilidades. El retorno del viejo Kal-El no es triunfalista, sino doloroso, es un intento de restituir un orden moral que parece perdido. Pero incluso aquí, su fuerza no radica en sus poderes, sino en su capacidad de perdonar, escuchar y guiar. No vuelve por venganza, sino por reconciliación. No impone, sino que inspira. En medio del caos, su figura actúa como una brújula que apunta hacia la dignidad, la justicia y la confianza, todo aquello que el mundo ha olvidado. Alza el vuelo hacia un futuro mejor.
Tanto en All-Star como en Kingdom Come, el personaje se mantiene fiel a un mismo núcleo: no es un hombre con superpoderes, sino una idea con forma humana. Y es en esa idea donde encontramos su verdadera fuerza. Superman no representa lo que somos, sino lo que podríamos llegar a ser. No es realista, sino utópico. Y eso, hoy más que nunca, es revolucionario. En un tiempo donde la ironía lo devora todo, donde la desesperanza parece el paisaje natural, él insiste en creer en la esperanza, en la bondad, en el otro. Esta dimensión utópica del personaje está profundamente ligada a su relación con el tiempo. Umberto Eco, en su ensayo El mito de Superman, observa que el personaje vive atrapado en un presente eterno. No evoluciona, no muere, no cambia realmente. Cada aventura restaura el mundo, pero no lo transforma. Es un mito que se repite indefinidamente, como un ciclo. A partir de esto uno podría leer su figura como reaccionaria. Pero Eco también apunta que, justamente por eso, Superman funciona como un arquetipo moral, una figura fija que resiste el movimiento del mundo, una roca de valores en medio del flujo, del paso del tiempo. Ahora bien, autores como Morrison juegan con este tiempo congelado y lo trastocan. Nos muestran un Superman que, en lugar de quedar atrapado en el eterno presente, se proyecta hacia el futuro. Pero Superman siempre ha apuntado al futuro, él no es Sísifo, sinó una figura construida —y revestida— de futuro. Esto nos recuerda que Superman no es una figura Cronológica sino Kairológica: tiempo de oportunidad, de redención, de soñar en grande y alzar el vuelo de nuestra imaginación, de no perder la esperanza, Superman vive en un tiempo divino y por eso mismo completamente humano.Cuando lo vemos enfrentarse a su propia muerte en All-Star, no lo hace con resignación, sino con plenitud. Su vida ha tenido sentido, no porque haya sido invencible, sino porque ha sido fiel a su esencia. Y cuando desaparece, no se desvanece, sino que permanece vivo en el corazón del sol. Se convierte en legado, en semilla, en horizonte hacia el cual tender. En Kingdom Come, este tiempo toma otra forma, más histórica y conflictiva. El cómic articula un choque entre pasado, presente y futuro, y nos muestra qué pasa cuando el mito pierde el contacto con la realidad, cuando el símbolo deja de hablar a quienes debería guiar. Cuando el mito deja de lado su parte humana y se vuelve meramente divinidad. Justamente es aquí donde Superman emerge como una respuesta, no como un salvador autoritario, sino como una presencia moral que abre la puerta a una nueva esperanza. No es el último héroe, es el primero de un mundo que todavía ha de llegar a ser.

En un mundo cínico y agotado, donde la esperanza a menudo es motivo de burla y la ética parece un lujo de otros tiempos, Superman persiste como una luz que no se apaga. No es solo un héroe, es una pregunta lanzada al futuro. Una promesa escrita en el cielo. Nos recuerda, incómodamente, que podemos imaginar el bien sin ironía; que actuar con justicia no es una carga, sino una forma de volar. Superman no nos dice quiénes somos, sino quiénes podríamos ser si no renunciáramos nunca a la esperanza (por eso creo que está muy bien hallada la figura de Shazam en Kingdom Come). No viene a salvarnos, sino a mostrarnos el camino. Y al hacerlo, se convierte en el último mito vivo de una humanidad que, a pesar de todo, sueña. ¡Kamequianos, disfrutad mucho la película en las salas de cine estos días, y sobre todo, leed cómics, leed a Superman y dejad volar vuestra imaginación!
Guifré Ll.
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