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Crítica Black Panther: Wakanda Forever

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Black Panther: Wakanda Forever es, en muchos sentidos, un gran homenaje a Chadwick Boseman. La cinta versa esencialmente sobre el luto, pero, al mismo tiempo, se permite a sí misma y al espectador mirar hacia el futuro con esperanza y optimismo.

Esta es, ante todo, una historia de Black Panther y, por consiguiente, una historia de Wakanda y de su gente. La película funciona enteramente por sí misma, sin convertirse en uno de esos proyectos de transición que sirven principalmente para anticipar cintas o series futuras. Es una obra autocontenida y completa. Eso no significa, claro, que no conecte con otros elementos de este vasto universo, como la futura serie de Ironheart o, más sutilmente, la ya anunciada película de los Thunderbolts. Esto es algo que agradecemos, si se hace con buena mano y no opacan aquello que la cinta nos quiere contar, y contribuye a dar cohesión al mundo que han creado.



Ante la ausencia de Chadwick Boseman, el protagonismo se reparte entre los personajes que ya conocimos en el film anterior, siendo Shuri quien más peso asume. Su arco narrativo es interesante y está bien construido, erigiéndose, en buena medida, como el punto central de la película. La vemos lidiar con la muerte de su hermano, con su incapacidad para evitarla y también con la ausencia de una fe que le aporte consuelo ante su dolor. Al mismo tiempo, tiene que hacer frente a las amenazas externas que, tras la muerte del soberano de Wakanda y la falta de un protector, ponen en peligro a toda la nación.

A su vez, la película introduce por primera vez en la gran pantalla al personaje de Riri Williams, también conocida como Ironheart. Destaca especialmente su química con Shuri y, si bien se antoja imposible que pueda ocupar el lugar que dejó Iron Man, si podría hacerse un hueco entre la nueva hornada de héroes más jóvenes que recientemente están presentando. Resta esperar a su serie para descubrir si realmente tiene potencial.



El debut más sonado y de mayor relevancia es el de Namor. Su entrada en el UCM abre muchas posibilidades y, realmente, deja con ganas de más. Su historia se ha reimaginado por completo, pero esta nueva aproximación funciona y lo distancia de su contrapartida DCita, al tiempo que le da mucha personalidad. Para los seguidores del personaje en las viñetas puede resultar chocante, pero creemos que vale la pena darle una oportunidad a esta nueva visión. La sustitución de Atlantis por Talocan es una solución efectiva para evitar comparaciones y la elección de la cultura azteca para darle forma a este nuevo mundo aporta bastante frescura. El diseño del personaje, arraigado a los cómics más clásicos, se puede sentir algo extraño en primera instancia, pero conforme avanza la cinta se vuelve bastante espectacular. Ver a Namor danzando gracilmente por los aires, agitando las alas de sus tobillos y derribando naves wakandianas es una imagen muy comiquera.

Es cierto que, en algunos momentos, la cinta tiene problemas de ritmo; probablemente a causa de querer presentar a tantos personajes nuevos, al mismo tiempo que se exploran las consecuencias de la muerte de T'Challa y del lapso para el resto de personajes ya establecidos por la franquicia. Sin embargo, esto se limita a algunos tramos de la película y es fácil que se nos olvide con un acto final vertiginoso que sabe juntar bien todas sus piezas y entregarnos algunos de los mejores momentos de la película.



La banda sonora es un gran acierto. Como ocurría en la primera película, los temas musicales de los personajes son un reflejo de su cultura. Si en el caso de Black Panther la banda sonora era un homenaje a la cultura africana y su música, aquí se le añade un toque hispanoamericano para representar a Namor y al pueblo de Talocan. 

Una buena película de Black Panther que honra el legado de Chadwick Bosseman y trae a Namor, uno de los grandes personajes de la Casa de las Ideas, al Universo Cinematográfico de Marvel. Mención especial a la ya clásica secuencia inicial de la película con el logo de Marvel Studios, la más emotiva del UCM.


Rubén Pagán

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